El (falso) mito de las mujeres fieles y los hombres promiscuos

Nuestra civilización es meridianamente clara: no están perfectamente vistas las mujeres que no se comprometen y mantienen relaciones esporádicas, las que frecuentan rollos de una confusión, las que son infieles y las que muestran un apetito sexual mucho. Desde Climenestra a Anna Karenina, la ficción condena a finales trágicos a estas mujeres entregadas a la pasión, quizá en un intento de que las que estamos vivas tomemos nota de lo que sucede si nos salimos del ámbito. Pero, si son ellos los supuestamente obsesionados por el sexo, ¿a qué viene tanta historia para advertirnos de que no sigamos sus pasos?

La explicación a esta formidable sujección que la civilización ejerce sobre los deseos de las mujeres la tiene, menos mal, la ciencia. Aunque la sociología ya nos está dando algunas pistas. Pese a lo que dicta el pauta, las mujeres somos tan infieles como los hombres, solo que lo llevamos más discretamente. En el postrer hackeo a la web de citas Ashley Madison, el 50% de las víctimas menores de 35 abriles eran mujeres.

A las mujeres les bastan tres abriles para perder el apetito sexual por él

Las sexólogas que tratan de descubrir los mecanismos del deseo mujeril está llegando encima a descubrimientos que trastocan profundamente lo que la civilización nos hace creer. Por ejemplo: en las parejas de dispendioso itinerario, los hombres pierden la líbido lentamente durante el curso de una plazo; a ellas, sin incautación, les hilván tres abriles para ver desaparecer el deseo sexual. La ciencia ha demostrado que son las mujeres las que más tenemos que perder con la monogamia, ya que nuestra biología requiere lógicamente una anciano variedad y novedad de parejas sexuales que la de ellos.

Los antropólogos ya han contrario, encima, una delantera adaptativa a esta recobrada promiscuidad de las mujeres, que se aseguran quedarse embarazadas de un semen de máxima calidad si mantienen múltiples parejas. Esta logística reproductiva no solo es mantenida por otras especies de primates, sino incluso en comunidades originarias de Venezuela y algunas tribus de África.

Desde luego, nosotras no somos primates ni hemos nacido en una civilización en la que rige una costumbre así, pero una consideración más científica acerca del funcionamiento de nuestro deseo puede mejorar enormemente nuestra vida, no solo la sexual. Aún somos poco pacatas a la hora de buscar nuestros impulsos eróticos: en un estudio en el que las participantes admitieron admitir un pequeño dispositivo en la vagina para contar su excitación, se descubrió que aunque la mayoría admitía erotizarse frente a la perspectiva de tener sexo con una pareja o un amigo, en sinceridad se excitaban sobremanera delante la posibilidad de hacerlo con un extraño. No nos pasa falta raro. Nos han diseñado así.

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